Fin de semana de vinos en la Bodega de Protos

El día en el que decidí adentrarme en la cultura del vino, no fue porque me sedujeran sus tonos dorados y de color cereza, sus olores afrutados o de madera, sus colores tinto, blanco o rosado. No. Fue porque me parecía injusto, poner el mismo bote que mis amigas cuando quedábamos para salir y estar toda la noche bebiendo fanta y coca cola, mientras ellas disfrutaban de los deliciosos caldos que se sacan del fruto de la vid. Me refiero a las uvas, para más pistas.

Así, de esta forma tan poco elegante, cambié en el disco duro de mi cabeza al vino de la carpeta “vinagre en vaso bonito” al de “bebida con clase”, y me animé a adentrarme en un mundo que no es solo exquisito, sino que también cuenta con un toque de pasión de todos los que se dedican a esta industria.

Una copa de vino siempre es el preludio de algo especial. No en vano aparece en todas las películas romanticonas, y si son americanas, siempre van llenas hasta el borde, como si de un vaso de zumo se tratara. Fijaros. Chico invita a cenar a chica o viceversa, siempre va a hacerle su “plato especial” que siempre son espaguetis con tomate. Copa de botella de vino de añada del 1300 antes de Cristo (siempre tienen que ser súper caras por supuesto) y acto seguido él o ella ya están en el bote.

Pero bueno, volviendo al tema que nos compete, es decir, el vino, lo mejor que puedes hacer si te gusta esta bebida, es una escapada en pareja o con amigos por una buena bodega.

Rutas de vino hay muchas, para todos los gustos y presupuestos; pero a mí particularmente me ha cautivado la Bodega de Protos, en el pueblo de Peñafiel. A unas dos horas de Madrid, para más datos.

La visita dura una hora y media de recorrido, en el que la guía intenta resumir todos los procesos, protocolos, especificaciones y dolores de cabeza que lleva meter al vino en la botella que compramos en el súper. Lo que hizo, por supuesto, que mi sueño de comprar unos viñedos y recorrerlos a lomos de un caballo negro cuando me toque la lotería, se desvanecieran de un plumazo. Aunque claro, si me tocase la lotería tendría suficiente dinero para contratar también a un equipo que guiara mis pasos en esta aventura. Me desvío. Lo que realmente quiero decir, es que después de este fin de semana no voy a mirar a las botellas de vino con los mismos ojos. Son obras de arte envasadas, resultado de mucho trabajo, mucha dedicación y muchas ilusiones.

Dato importante: Si vais a visitar la bodega de Protos hay que reservar primero en el teléfono o en el mail que ponen en su página web. No vale lo de “me pasaba por aquí y quería saber si había hueco para la visita”. Los guías son inconmovibles, y además, cuentan con bastante público como para negarse a aumentar el quórum. Pero al final, invitan a probar dos vinos exquisitos y dan un pequeño obsequio para que volváis a casa con una sonrisa.

Saber de vino no es tan difícil. Es una cultura que está al alcance de todos los presupuestos. Vale la pena adentrarse en este pedacito de historia.

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