Finales abiertos. Carta “encriptada” a María

Mi querida María,

Nunca me han gustado los finales abiertos. Creo que cada escritor debe ser el dueño del destino de los personajes que él mismo ha creado, y pienso que, muchas veces, hay que tener valentía para decidir cuál es el final que verdaderamente merecen.

Dejar que sea el lector el que señale el camino que deben tomar las historias, es, definitivamente, un acto de cobardía literaria. Sé que a lo mejor para ti ha sido muy difícil despedirte de ellos, pero por favor, María, recuerda que todas las escritoras no son dueñas como tú de una maravillosa realidad de  6 31 páginas de  literatura valiente,  en este caso, bordada, puntada a puntada con mimo e interés histórico.

Supongo que te has dado cuenta que  hoy he acabado tu libro, que leía con ilusión aprovechando mis escasos minutos de libertad. Pero aunque tu desenlace  me ha dejado un sabor agridulce, no todo serán “costurones”.

Me has sorprendido.  Y me he creído todo lo que me contabas, cosa que, déjame decirte, tiene su mérito,  porque últimamente no me creo nada. Gracias a ti he podido viajar a otros países sin moverme de Madrid, y sumergirme en una realidad tan distinta a la que mis abuelos me habían contado que, has marcado con tus palabras un antes y un después en mis conocimientos sobre la posguerra y el Protectorado español.

Por esto, y porque quiero que sigas sorprendiendo a otros muchos, omito el nombre de tu obra y me permito tutearte en esta carta sincera, como una lectora más que, desde la barrera, observa el desarrollo de los acontecimientos.

Así que nada, María, espero que nos volvamos a encontrar pronto y que para la próxima, si puedes elegir una de las creaciones de tu personaje, sea, sin dudarlo, unos buenos pantalones.

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