El Rastro de Madrid: Una historia domiguera

Ocurrió una soleada tarde de invierno. Ni el frío propio de la temporada pudo evitar que acudiera a su cita semanal con lo que para ella era “la búsqueda del tesoro”, y para su familia, un síndrome que la impulsaba a coleccionar imágenes de cachivaches averiados por el tiempo, sin ningún valor  para este mundo ni para el que viene.

Un hobby extraño, pero ella era una mujer libre de pensamiento, palabra y obra, por lo que podía, con total impunidad, visitar aquel zoco clandestino en el que los más desfavorecidos intercambiaban “baratillos”.

Así que, disfrazada con su ropa de dama sencilla, se adentró en ese mundo ajeno, a la caza de antigüedades, mirando, como siempre, más allá de la pieza, imaginando su historia, su pasado y su destino. Fue así como la encontró.

Una pieza idéntica a la que una vez vio expuesta en el palacio de Dolmabahçe, en Estambul, se apilaba como un recuerdo más entre aquellos objetos de dudoso valor.

“¿Cuánto?” Alcanzó a preguntar al vendedor con fingida indiferencia. “Cinco euritos, guapa” articuló el hombre, mientras se entretenía en quitarle el polvo a su desvencijado local.

Así que, casi en el acto, la compró.

Con más de un cuarto de milenio de existencia, según los entendidos, el Rastro de Madrid surgió en el siglo XIX en las cercanías del Matadero de la Villa, ocupando las aceras de la cuesta de Ribera de Curtidores (barrio de Lavapiés) como un punto de encuentro de venta de objetos usados.

Visita de obligado cumplimiento si se pasea por la capital española, el Rastro es, para muchos, una cuna de tesoros antiguos ocultos tras los puestos de chollos modernos.

Pasear por estas calles es un acto de fe, dada la cantidad de afluencia entre domingueros y  turistas distraídos que curucutean en sus entrañas.

Yo lo recomiendo al 100%. Vale la pena disfrutar de él. Así que, nos vemos ahí el domingo, y quien sabe, si a lo mejor encuentro otro tesoro oculto.

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